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ISSN 1989-4163

NUMERO 15 - SEPTIEMBRE 2010

Palominos como Medallas

Inés Matute

No deja de parecerme curioso que tanto los periódicos de derechas como los de izquierdas- y la definición no por sobada queda obsoleta- hagan similar lectura de la negociación desesperada con Al Qaeda. Unos con palabras más directas, otros, de sesgado y por el arcén, pero con la misma mala leche. Cuando los dos bandos empiezan a coincidir, buena cosa para UPYD, que recoge con júbilo a descontentos de todos los colores, es decir, a los de la ideología defraudada y el entrecejo fruncido.  A los cabreados.  A los porculizados. Pero esa es otra historia (y adelanto, sin venir a cuento, que una servidora, reina del desencanto y optimista escarmentada, piensa votarles).

A veces sucede que la imagen de un gobierno pagando millones de euros a una organización terrorista se lava, o se atempera, con hermosas imágenes de la liberación de las víctimas a modo de exaltación nacional, ahora que la historia de “la roja”  ya no da para más y a todas y todos nos ha caducado el furor- Casillas. Dada la actividad primordial de los terroristas, es más que dudoso que se lo fundan en cine y palomitas, así que no puedo entender a qué viene que me vendan la moto del éxito sin precedentes del cuerpo diplomático cuando lo único que se ha hecho es pagar a los malnacidos para que nos dejen tranquilitos, y, de paso, fomentar el islamismo radical en los países vecinos, y recordar a todo mangante de pro (incluidos los piratas somalíes) que nuestro Gobierno, el mismo que critica a los empresarios vascos por pagar el  impuesto revolucionario a cambio de cierta seguridad, o a los catalanes a cambio de que ETA no atente en casa, invierte millonadas en los socios de Bin Laden mientras envía a soldados españoles a Afganistán, para aniquilar, supuestamente, al  hippie ese de la barba y el turbante. Una de cal y otra de arena, que no se diga, y el que no pueda con el asquito, que silbe y mire para la Alhambra, que a lo mejor mañana volvemos a ceder, con mucho trajín y fax de Exteriores,  y resulta que deja de ser nuestra.
El pago del rescate mafioso no es una liberación, sino la condena a otras gentes, a los que han de venir, a los que vendrán y pillarán a los ahora intocables mejor armados y mejor cebados, con la moral alta y la razón vicaria que en ocasiones otorga la historia. La Historia. La que nos cuentan. Esa en la que una cagada, vilmente capitalizada a través de imágenes de exaltación y gozo, se convierte en medallita por arte de birlibirloque y el sueldo apestoso de cientos de asesores. Y si alguien no sabe de qué estoy hablando, que visione “La cortina de humo”, una estupenda película protagonizada, entre otros, por Dustin Hoffman. Así es como se maquillan estas cosas.

Estoy con David Gistau, cambiando de perspectiva, en todo lo referente al “Turismo compasivo”, y en su brillante condena a aquellos que buscan aventura donde el riesgo es alto o está garantizado, obligándonos luego, por la vía diplomática, a bajarnos los pantalones, a pagar a chorizos y a rezar para que no les peguen un tiro una vez cobrada la pasta. Porque garantías, haberlas, no “haylas”. Propone David la creación de un inmenso parque temático en la zona de los Monegros,  un lugar donde los turistas del ideal o de la compasión sigan sintiéndose purgados sin sobresaltos ni disparos; propone contratar figuración exótica con turbantes y armas de cartón piedra, y dejar que el secarral – no veo yo a los de IKEA profesionalizando un decorado revolucionario- sea atravesado, por un módico precio, por camiones tremolantes de narcisismo y banderolas.  Caravanas terapéuticas, caravanas lavaconciencias. Ahora está de moda el altruismo buenrollista, según parece, lo mismo que hace años le dio a Sting por hacerse fotos con los indios del Amazonas. Venadas. Puntazos. Pero qué caros nos salen, coño. Y qué mal ejemplo damos.

Palominos
 

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